La arquitectura de la ausencia

“Las ruinas de nosotros”


Y no son los lugares los que dejan huella en la gente, es la gente la que deja su huella en los lugares.

No un rastro físico ni evidente como puede ser una bolsa de patatas vacía en la cuneta de un sendero, ni una talla en el tronco del árbol, no son los surcos de la rueda de un coche sobre el barro húmedo, no es ninguna de esas cosas que con el paso de los años se van diluyendo en la corrupción propia de lo perecedero.

Es el barniz de las vivencias lo que hace que los sitios se impregnen de uno mismo, de lo que has sido y has hecho en ese preciso lugar.

Una conversación inoportuna, un gesto inapropiado, una sonrisa bien traída o algo que no hiciste y tendrías que haber hecho.

Entonces todo eso se registra inmutablemente en ese sitio, como esa pisada desconcertante que aparece y cuyo origen es un misterio en el cemento de una acera y que permanece inmutable y extraña al paso de los días, casi extravagante y carente de sentido entre semáforos, sumideros, y señales de tráfico.

Cuando regresas a esos lugares el pasado regresa a ti de golpe porque han sido marcados con el la cicatriz de los aciertos y de los errores, de la ira o la indiferencia o la alegría, resuenan los ecos de las palabras que pronunciaste o escuchaste, aún permanecen intactas la siluetas de los que allí sucedió o jamás llegó a suceder.

Es la arquitectura de lo ausente, los edificios que uno ha construido edificándolos con los materiales etéreos e impalpables sobre los que se sustenta una persona.

Alzamos galpones, casetas, diques o catedrales con una parte de nosotros mismos y ahí se quedan esas construcciones, indestructibles, resistentes, colosales al traqueteo de las horas, al progreso de los años, a las guerras y a los terremotos.

Un urbanismo trascendental que sobrevivirá incluso a cuando ya no quede nada ni nadie y las estrellas se apaguen definitivamente, y los mares se conviertan en desiertos.

Uno ha de fijarse bien en las esquinas, en los callejones más cochambrosos e insalubres, en los rincones viejos y sucios en los que alguien te arrancó una carcajada, o te robó un beso como si de un carterista introdujese los dedos entre tus labios.

En playas pobladas de rocas incómodas donde te paraste a no pensar en demasiadas cosas, en aquel momento en el que loco y desesperado te paraste a fumar porque no se te ocurría nada más o mejor que hacer.

En aquel bosque atravesado como las espadas de un ilusionista por los rayos de sol del atardecer, donde alguien te confesó un secreto que has guardado como tal y que se irá contigo a dónde demonios sea que te vayas, el recodo de un río en invierno en el que remojaste los pies para sentir el frío, para sentir que aún podías sentir.

La arquitectura de las ausencias se construye con presencias pretéritas, pasadas, con la esencia propia de uno mismo y de los que te acompañan en ese preciso instante y no otro.

Desaparecerán las pirámides, las civilizaciones, caerán las torres, arderán los castillos, las grandes avenidas quedarán enterradas bajo metros de arena, pero hay cosas que permanecerán siempre aunque el universo se vaya por el desagüe del Big Bang, tras el cataclismo del todo.

Y la mayor de las ventajas reside en que no se usan ladrillos, ni piedras, no hacen falta catastros ni escrituras.

No se puede especular con esos terrenos, son de dominio público.


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