Un sueño subexpuesto

Profundizo en ti hasta que alcanzo la frontera de tu crepúsculo, los límites de lo explorado, justo hasta el lugar donde han podido verte algunos.

Unos pocos.

Pero más allá de aquí nadie se ha adentrado jamás.

Y entonces, en la inmersión, la luz se va extinguiendo. Como la llama de una vela atrapada bajo la campana.

A 200 metros en tu interior, sumergida en ese océano que llevas, que eres, la claridad se asfixia a cada pulgada, una tras otra, hasta que con salvaje delicadeza las tinieblas lo cubren todo.

Y ya nadie puede vernos.

Tal vez ni tan siquiera puedan oírnos.

Y en cambio, es justo ahora, cuando al fin nos vemos con nitidez.

La luz ya no existe aquí, no llega ni llegará nunca.

Aquí no puedes mirar con los ojos.


“¿Qué quieres?”, me pregunta y de su boca brotan burbujas de aire que ascienden hacia la oscuridad, como un ramillete de globos que se le escapa a un niño hacia un cielo tormentoso.

“Quiero conocer tus motivos”, respondo segura de mi misma, sabiéndome merecedora de respuestas.

“¿No tienes miedo de quedarte sin oxígeno en este abismo, tan sola, tan rodeada de nada?”, me interroga tratando de intimidarme. Resulta ser una invitación a que de media vuelva y regrese por mis pasos.

“Tengo más curiosidad que miedo”, zanjo segura y a continuación me explayo,”soy un Imago, y represento todo lo que tú admiras en una persona. En una mujer”

No puedo verlo pero sé que está sonriendo. Admira mi valentía. Podría ser una genocida y me seguiría admirando.

“De acuerdo. Si has llegado hasta aquí supongo que te mereces que te invite a un café”, me dice y hace una pausa y un silencio y en el fondo abisal sólo se escucha el zumbido del peso del mundo.

Se aclara la garganta y chasquea la lengua antes de empezar.

“En esta vida, si dices lo que piensas eres un maldito, y lo que es peor, si aún encima  haces lo que dices, entonces te conviertes en un puto monstruo. Y este mundo de aparente pulcritud no es más que una alfombra colocada sobre toneladas de mierda. Una enorme alfombra sobre la que habitamos cuatro monas afortunadas y cuya acogedora superficie cubre y oculta el hambre, las guerras, la hipocresía, la mentira, todos los males habidos y los que seguro habrá. Y ante todo, encubre el peor de todos ellos: la maldita cobardía.

Le gente vive sobre esa alfombra olvidando lo que hay debajo, no quieren que alguien les diga lo que ya saben, porque lo que saben lo pretenden obviar día tras día durante el resto de sus vidas. Y ahí está lo perverso, lo retorcido de todo, porque los valores se han invertido como en un espejo. Todo aparenta estar en su sitio, pero en realidad está al revés…

La gente no desea un mundo mejor, joder, la gente lo que quiere es un mundo más cómodo


Y entonces me despierto en mitad de la noche tratando de tomar aire, como el que desorientado por el golpe de una ola y tras ser zarandeado una vez tras otra, halla en el último de los segundos la superficie para fundirse en una inmensa bocanada liberadora.

Y todo es oscuridad a mi alrededor, me envuelve como una manta, como mil noches envueltas unas sobre otras.

Hasta que mis ojos comienzan a vislumbrar formas y objetos. Contornos.

Y sobre la alfombra, sobre toneladas de mierda, mi perro ronca ajeno a mí y la cómica existencia del universo. Y lo celebra echándose un pedo.

“Perro pedorro trae ahorro”, recito a lo bajo y salgo de la cama

Camino hacia el baño y siento el frío del suelo en mis pies desnudos. Prendo la luz y me sorprendo a mi mismo reflejado en el espejo. Mi yo invertido.

Viejo pero en forma.

Y sucede que por un instante, y a mi espalda, me parece ver a una mujer. Joven. Una chica pálida como la niebla del amanecer, con el pelo aún humedecido por la inmersión.

Me giro de golpe pero sólo está la cortina de la ducha. Tan mohosa y miserable como siempre.

Maldigo mi suerte y relleno un vaso de agua y lo bebo de un trago.

Estoy deshidratado y empapado en un sudor agrio.

¿Por qué tuve que decirle todo eso?”, interrogo a mi reflejo mientras aún sostengo el vidrio en mi mano

“¿Por qué tuve que decirle todas esas gilipolleces en vez de pedirle el puto número de teléfono?”

 

 

 

 

 

 

 

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