Paratragedias cotidianas

La radio zumba en mis oídos a través de los auriculares en mi carrera mañanera.
Los tertulianos, enzarzados en un batiburrillo inconexo de afirmaciones y reproches, parecen tener criterio de cualquier asunto: de gobiernos asiáticos, políticas económicas liberales en países postcomunistas, emisiones de gases nobles en la industria agrícola, modelos de reactores en submarinos nucleares, materia oscura de universos paralelos, resilencia y resistencia a los antibióticos en microorganismos patógenos y moda ministerial para la nueva temporada estival.
Sospecho que son sabios, pero se ocultan tras la careta del periodismo.
Decido apurar el paso y mi corazón se agita como el redoble de un tambor, mi respiración se acelera hasta entrecortarse y percibo la templada brisa del amanecer oponiendo resistencia sobre mi pecho. Haga lo que haga no lo logro.
No consigo escaparme. Me veo incapaz de huir.
La estupidez, es sin duda,  lo más parecido a la lluvia que ha inventado el hombre.
El sol llega con retraso entre nubes grises. Muy perezoso, de vez en cuando lanza algún tímido destello y proyecta la sombra de lo que somos todos al amanecer.
Tan sólo siluetas grotescas, alargadas e incómodas.
En nuestra mano está dejar de serlo a lo largo del día.
Mis zapatillas a cada zancada, se hunden en la arena de la playa para luego salir indemnes, como si el mundo quisiese engullirme y vomitarme al mismo tiempo.
Ni un alma a la vista, una playa en el corazón de una urbe con un cuarto de millón de habitantes y me la quedo yo. Para mí solo.
No puedo ocultar la satisfacción y se me escapa una sonrisa.
La gente es capaz de fracasar para tener éxito, está dispuesta a hacer la guerra para alcanzar la paz, de matar en nombre de la vida, de gritar para pedir silencio y llorar para demostrar alegría. La gente, armada de mezquindad, está dispuesta a cualquier cosa para lograr la contraria.
Pero son incapaces de ir a la playa cuando llovizna.
Fascinante.


De pronto me percato que hay un bulto a unos metros de mí y no es una bolsa de plástico. Mi vista se une a lo común y trata de engañarme.
En realidad es una gaviota. Una de esas que sobrevuelan alborotadamente sobre un pesquero de regreso a puerto, de las que interrumpen tu sueño con un irritante graznido sobre el tejado de tu casa, o que se llevan con pericia y crueldad el bocata del niño en el parque.
Una gaviota más de las miles de gaviotas que pueblan esta ciudad, esa misma ciudad que por momentos y cada vez más, se asemeja a una versión peninsular, pueblerina y ruin de “El Gatopardo”
Maldigo.
El pobre bicho se está muriendo.
Me acuclillo y la contemplo. Tiene los ojos cerrados y no deja de temblar. Al sentir mi presencia los abre y me mira. Trata de moverse pero no puede.
Ya no.
Así que me alejo un par de pasos y un par de pasos se me encoge también el corazón.
Por oficio estoy acostumbrado a la muerte pero muy mal habituado a la inocencia.
Pobre.
Está tan sola y tan olvidada. Nadie en el mundo, salvo un tipo anónimo que corretea por una playa desértica, es consciente de que su vida se está pagando.
Que mañana no será ya. Nadie recordará que ha sido.
Nadie sabrá lo que aún es.
“¿Tienes miedo?”, le pregunto porque me sale y me sorprendo a mi mismo por la retórica de mi curiosidad.
Y me responde con ojos de terror. De abismo.
Después los cierra unos segundos y de igual modo que los ha ocultado los vuelve a abrir.
“Tal vez sólo tengas frío. No tengas miedo”, le miento y le pido lo imposible
Se escabulle un rayo de sol entre las nubes y esculpe por un instante nuestras sombras en la playa.
Largas, incómodas, no queda tiempo para que cambien.
“Te voy a hacer una foto”, le digo,”antes de que dejes de ser, te voy a hacer una foto y yo seré testigo de que has existido. Después me iré y te dejaré sola. Te dejaré sola aquí. Y lo haré porque no puedo soportarlo Es terrible pensarlo, pero te irás para siempre y yo no puedo hacer nada para impedirlo. En realidad nadie puede, y lo que es tan cierto como salvaje, es que nadie movería un maldito dedo por hacerlo”
Sus ojos se apagan, se apacigua su mirada. Hay derrota. Quiero pensar que calma. Quiero creerlo.
“Yo moveré mi dedo por ti. Es lo único que sé hacer”, confieso avergonzado
Y disparo una foto. Disparo un epitafio.
Me levanto, le doy mi espalda y me alejo. Me siento mal.
Peor.
Me dan ganas de no regresar jamás a ese lugar.
Mientras tanto todos siguen derrochando sus vidas en vanidades de provincias, en televisores gigantes, en libelos de verbena, en coches kamikazes, en discursos de patacón, en ascensos de navaja en riñones o en sentencias de moral de doble sentido.
Ajenos a su ridiculez.


Lejos ya del animal, preso de un vértigo inusual y tratando de contener una pena tan honda, tan sólida y vieja como las montañas, susurro y acabo:
“El sol saldrá pronto y estoy seguro de dos cosas:
Que ya no podrás verlo nunca más.
Y que la playa se llenará de gente”

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