Mientras haya aviones en el cielo

Esas estrellas, incomprensibles, que nos rondan como fantasmas.

Que nacen y mueren en un cielo improbable. Tan frágiles pero eternas.

Que yacen y cuelgan como reos al cobijo de una oscuridad que se extiende en silencio sobre nuestras cabezas.

Esas hijas de puta indomables. Serenas.

Estallan y escupen destellos a miles y miles de vidas de nuestras vidas.

Unas vidas que se acomplejan y encojen a cada uno de sus pulsos electromagnéticos. Tan descomunales, salvajes y soberbios.

Que atraviesan la inmensidad eterna y que por fin, en este instante y no en otro, nos alcanzan millones y millones de años después.

A ti y a mí, y aquí y ahora.

Hay que joderse.

Todo eso ocurre cuando observo que el firmamento inabarcable se refleja en tus pupilas, y toda la vía láctea, por arte de magia, va y se reduce a lo microscópico, a lo ridículo.

El cielo se vuelve anécdota en tus ojos.


“El amor tiene que ser termonuclear y apocalíptico. Definitivo. Arrasarlo todo.

Su fuego tiene que alcanzar la otra punta del Universo mil millones de siglos más tarde. Que su estallido, su explosión la vean brillar dos putos marcianos en la otra esquina del cosmos cuando ya no exista nadie ni nada. Si no es capaz de hacer eso,  entonces dime, ¿para qué cojones quieres que exista?”

Lo pregunto por no afirmarlo y jurarlo. Por no apostar a mi madre.

Después lanzo el casco de cerveza al abismo y estalla contra las rocas del acantilado.

Las olas lo engullen sin quejarse.

“Reciclaje”, digo sin inmutarme, asumiendo mi borrachera y una sonrisa torpe

Ella, lejos de ofenderse, se conmueve y me mira con ternura, la que me ofrece y no merezco.

“Deja de inmolarte”, me sugiere,”no importa”

Y el sonido de la espuma quebrándose en la costa, y alguna ambulancia aullando a muerto en la madrugada, y la soledad y lo inútil acampando sobre mi piel.

Entonces percibo los contornos de todo el horror y el espanto que nos rodea, que nos azota y nos copa, y que simplemente queda amortiguado por la frivolidad de los tontos.

De los malditos necios.

Observo en el cielo un estallido indomable que atraviesa mil mundos para llegar a este planeta de estúpidos.

“Lo siento tanto”, me disculpo. Y me disculparía hasta el fin de los días y no hallaría consuelo. Porque me duele su dolor como la quemadura sobre carne viva.

Lo disimulo porque siempre lo disimulo todo.

“No era el momento ni quizás el lugar”, resume y zanja en el tópico

Y el sol, impertinente, comienza a alzarse tras los contornos de los montes que se perfilan tras la ría, que al instante se torna roja y templada. Inoportunamente hermosa.

Perfecta.


“Me has roto el corazón, me los has roto”, añade de post data.

Porque en realidad me odia.

Pero su odio no es capaz de achicar todo el amor que lleva dentro, que la inunda, que la arrastra y la hunde. Que la lleva al fondo.

Todo eso lo sé porque yo también lo he sentido alguna vez.

Y yo ya sé muchas cosas por viejo, ya que como diablo, visto lo visto, soy un simple aprendiz.

Ahora es el sol el que engullen sus ojos mientras se baten por no llorar.

Y un avión y su estela rayan el aire limpio de una mañana clara hasta lo obsceno. Nítida como el acorde de una guitarra afinada.

Y el brillo del sol en su fuselaje nos arranca una sonrisa a los dos.

Porque ambos, y cada uno a su manera, percibimos como el mundo se derrumba a nuestro alrededor. El cataclismo terrible de la vejez.

Y aterrorizados, encontramos en la huella de un aeroplano el alivio que buscábamos.

En ese surco nos topamos con la certeza de que el mundo sigue ahí.

Castigado contra la pared en alguna parte.

Dando vueltas y más vueltas hasta que algún día deje de hacerlo, con o sin el murmullo de nosotros dos.

 

 

 

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