Las crestas altas del MD

Aquella tarde el viento cesó de golpe y el silencio ocupó su lugar.

Se podía escuchar la respiración del mar, el zumbido a neón fundido de la luz de las estrellas.

Las constelaciones pendían ya sobre nosotros en riguroso orden. Se incrustaban en la claridad de un cielo tan limpio y profundo, tan obsceno en su azul, que perdía su belleza y se hacía insoportablemente triste.


 

-Oirás cosas terribles sobre mí-comenté-y otros te dirán cosas aún peores, horribles, cosas tan estúpidas y vulgares como que soy un artista o un poeta o alguna otra mierda de esas. Todos mienten. Sólo tú sabrás quién soy…sólo tú sabrás la verdad

 

Y me detuve para hacer una foto sin que en realidad, nada de lo que allí veía, me llamase la atención. Sólo quería escuchar el ruido del obturador de una cámara. Un chasquido sin más, que me resulta reconfortante, que provocase en mí la sensación de que un instante dejase de ser efímero y se tornase engañosamente eterno.

Hurtarle al tiempo un momento, un lapso, y guardarlo en el bolsillo de los recuerdos.

Las sombras se perdían en la distancia entre tonos anaranajados del crepúsculo.

Entonces bajo aquella luz clara y dolorosa a la vista, contemplé tus huellas y las mías que a lo largo de la playa se iban extendiendo como mil fosas cavadas en la arena húmeda.


 

-Y lo malo, es que te cansarás de la verdad-advertí sin la menor de las acritudes-un día te darás cuenta de que prefieres estar del otro lado. Y te alejarás y me contemplarás desde la distancia. Me verás desde la barrera, de cuerpo entero y hallarás fuerzas para juzgarme. Pero mis rasgos se difuminarán en la lejanía, y no serás consciente de que ese a quien ves tan a lo lejos, en realidad puede ser cualquiera. No tengo la menor de las dudas de que más temprano que tarde, lo harás. Y lo harás porque es mucho más cómodo y porque es mucho mejor. Lograrás por fin que lo nuestro sea otra hermosa mentira. De esas que empapelan el mundo, año tras año, generación tras generación. Porque las mentiras, ya sean trágicas, apestosas, o vomitivas, las mentiras siempre resultan mullidas. Cómodas y confortables. Vivir en una gran mentira es dormir en un colchón. La verdad es siempre un puto suelo frío

 

Una estrella fugaz atravesó el cielo como una saeta desenmascarando la belleza del mundo. Ella no se percató del suceso y sonriente se giró hacia mí y me preguntó si había dicho algo.

 

“No”, aclaré,”estaba pensando”

 

Y cruzó sus brazos sobre mi cuello, como el que te quiere o el que te mata: “deja de pensar. Para un poco. Haz que pare”, me reprochó así mi habitual e involuntaria ausencia

Las gaviotas parecían alborotarse a medida que nos aproximábamos a los acantilados de la playa. El aire se templaba con suavidad.


 

“Te confesaré algo. Cuando haces una foto, independientemente de matices artísticos o narrativos que no vienen a cuento, sólo hay una medición correcta. Una y no más. Es como las siete y media. O te pasas o no llegas. Y lo curioso, es que para que la toma sea buena manipulamos tan sólo tres parámetros: la velocidad, la apertura y la sensibilidad. Son tres, sólo tres. Y casi siempre se llevan mal unos con otros.

Se necesitan para la película, pero cada uno pretende destacar siempre sobre el otro. Son tres personajes, que tratando de buscar protagonismo, irremediablemente se vuelven antagonistas.

Todos cuentan la misma historia pero cada uno lo hace a su manera.

Están en guerra

 

Y entonces me dejó caer una mirada cuya dulzura me cogió por sorpresa. Se detuvo, colocó la planta de sus pies sobre el empeine de los míos, rodeó mi cintura con sus manos y me susurró al oído algo breve:

“Tranquilo”

 

Tres variables tan sólo para un buen disparo.

Velocidad, apertura y sensibilidad.

Sin duda esta vez había ganado la última.

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