La arquitectura en el tiempo

“Una cinta en el ventilador”


El tiempo es como el caracol que se contrae, que se agazapa y se oculta en su concha cuando tratas de alcanzarlo. Extiendes generoso los brazos hacia él dispuesto a todo y él sólo te dará la espalda, se alejará, se apartará de ti como si tu abrazo fuese el de un leproso.

El tiempo es un animal lento. Un caracol, un perezoso, una babosa, una tortuga obcecada que persigue a la liebre hasta que le da alcance. Cruel en su carácter, airado, poco piadoso, desconchando en su curso la fachada de la belleza con imperceptibles golpes de cincel, lo hace tan sutilmente que la víctima no se percata, nadie es consciente de su trabajo hasta que es tarde ya y finalmente observa uno con desesperación que lo ha atrapado en la telaraña de los inviernos. Es miserable, poco generoso, se acorta en los momentos en los que el sol aparece entre las nubes, y se dilata en cambio dadivoso como un desierto implacable en su avance cuando las cosas no marchan, cuando todo se vuelve feo y destartalado.

El traqueteo de los días hurga en tus tripas como un cirujano dispuesto a arrancarte cosas, y lo va haciendo con la precisión de su pulso firme, vas perdiendo todo mientras bobo e ingenuo crees que ganas algo. El tiempo es el enemigo y el aliado, es un mal amigo pero un amigo que no te deja nunca solo, que te acompaña en tu quietud, que te persigue en tu avance, el tiempo delimita lo que fuiste, eres y podrías llegar a ser, es la verdadera frontera de ti mismo, la línea que encierra tus límites y que no percibes jamás porque se oculta tras la capa de polvo que recubre poco a poco tus años, como lo haría sin aspavientos sobre una repisa al que no alcanza jamás el paño.

Metódico y perfeccionista, calculador y confuso, nunca sabes si está limando tu carne o está colocando una bomba bajo tu línea de flotación.

Pero su trabajo es destruir, erosionar, convertirte en la roca que se redondea en lecho del arroyo al suave tacto de la corriente, te arrastra hacia la desembocadura hasta que sólo sea un recuerdo.

Y sin embargo, a pesar de su brutalidad, de su violencia, es precisamente el tiempo la moneda de cambio, la divisa sobre la que se construye la economía de la vida y la que otorga valor a todo.

Nada pesaría, todo sería nada en el sentido más colosal del significado de nada sin su presencia plena.

Calcular la estructura de los acontecimientos con la vara de medir del tiempo es lo que permite saber que es un instante y no otro el que será irrepetible, inalcanzable de nuevo, memorable, es el látigo que sacude tu alma y deja su marca y su cicatriz para que no se olvide nunca, para que permanezca ahí para siempre hasta que dejes de ser, hasta que el rodillo de lo efímero acabe con todo y con todos los que abarcaron ese instante.

Y sin embargo el tiempo, esta vez mostrando su rostro amable, siempre lo tendrá presente, a él no se le olvidará jamás nada porque es eterno, morirán los hombres en sus manos, ahogará los continentes bajo las aguas, pero siempre sabrá que esa tarde de verano fuiste grande, feliz o miserable, tendrá presente siempre tu pasado y te conducirá hacia el futuro y el punto final que te aguarda paciente, sin prisas, risueño y perezoso.

Es el reloj que late en tu muñeca el que le da sentido al pulso de tu corazón, el que desentraña las certezas que siempre sospechaste, el que te enseña que eres un todo en un momento y no eres nada en la inmensidad de todos ellos.

Hacer una foto es burlarse del minutero, consiste en situar las agujas del reloj a la hora que quieres, colocar un palo en los engranajes de la maquinaria.

Le robas un instante al tiempo como el te roba todos siempre.

Y tú te quedas con ese, y el se queda con el resto.


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