Las Metafotos

Y en el medio del bullicio, en las entrañas del hervidero. Allí.

El condenado fotógrafo.

Los cañones de luz, desde la distancia, subrayan con su brillo la presencia y el protagonismo de aquellos que supuestamente lo merecen. Todos sonríen, todos saludan, todos parecen estar seguros de lo que dicen, incluso de lo que hacen, y lo hacen sobre un monocromático escenario aséptico.

Esos tipos y los tipos que los rodean.

Las banderas del partido se agitan como avispas entre una muchedumbre, que aúlla hambrienta de fe unas consignas que hace tiempo que han dejado de significar algo y no son más que continente sin contenido.

Aún así se dan por buenas. Por suficientes.

Empapado en un sudor amargo, y con la destreza del oficio y de la mala sangre, uno se abre paso a empujones entre el pueril fanatismo del que se agarra a la fe de los que prometen cada cuatro años con la perversa ligereza del humo del cigarro.


Y vas y echas mano a la bolsa de la cámara, esa que cuelga a tu lado como la cartuchera de un arma, y palpando, con la certeza del que sabe incluso ciego y manco, das con el angular y entre golpes y codazos lo cambias por el tele que entonces se acomoda en su sitio, y se calla, y se está quieto, porque ahora las que hablan son las distancias cortas.

Las que hieren o matan, la que dan o quitan pero que jamás engañan.

Ahora nos vamos a dar todos, mucho, bien y a gusto, mirándonos a los ojos y sintiendo nuestros alientos.

Otros foteros tratan de ganar ese espacio, ese lugar.

El sitio.

La pulgada perfecta. Sólo allí y en ningún otro habita el instante impecable.

El decisivo.

Pero ese lugar es tuyo ya, porque te pertenece, lleva tu nombre, es tu conquista, y lo es porque has llegado y ellos no. Medio segundo antes que el resto.

Una maldita eternidad.

Y afilas los codos y aquí no se mete ni Cristo para resucitar Lázaros.

Alguno protesta. Claro. Los perros ladran y el mar brama.

Y esos tipos sonrientes, bajando del escenario como estrellas de rock de cartón-piedra tan repletos de ellos mismos y de poca cosa más.

Mientras reclaman sus votos se colocan a escasos centímetros del objetivo y entonces toca machacar el obturador y hacer tronar la lámpara del flash en mil relámpagos.

Y se desencadena la tragedia y la belleza de la cámara réflex.

El drama reside en que uno jamás ve la foto que saca. No la ve ni la huele porque el espejo del pentaprisma, siempre y sin reproches, te roba la vista para dársela al respaldo digital.  Y cuando lo hace, y al hacerlo así y de esa manera, la traición de la cámara convierte, transforma algo, una imagen que tan sólo es un suspiro, en algo deliciosamente infinito.

Eterno.

Durante un lapso imperceptible de tiempo, el fotógrafo se queda ciego, invidente a la realidad, para que el resto del mundo pueda ver.

Ya.

Puta magia.

Y por descontado.

A esa distancia el fotógrafo, el de verdad, el que es fotógrafo al igual que el pistolero, mata.

A su manera.

Pero mata.

Porque no hay parapetos cuando las miradas están tan cerca.

Y tal vez aciertas en aquello en lo que no querrías haber acertado nunca.


Por eso el fotógrafo, por naturaleza y por necesidad, es descreído y cínico. No se entusiasma, ni admira, ni odia y se guarda lo que ama en el bolsillo del chaleco.

Porque hacemos fotos de esos tipos que se suben a un escenario, a una tarima, a un palco para gritar a los cuatro vientos las cosas en las que creen.

Y nosotros, callados y aparentemente ausentes, nos fijamos en otras cosas. Más visuales. Más frívolas.

Mejor no atender al discurso donde se apela a tan elevados valores.

Lo dicho.

Descreídos y cínicos porque sabemos que a uno NO le definen las cosas en las que cree.

Es obvio.

Uno siempre ES aquello en lo que ha dejado de creer.

 

Foto y metafoto:

Quintana

Cabalar (EFE)

 

 

 

 

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